El País Vasco y La Rioja, algo más que una Ruta Científica, Artística y Literaria (III)

DÍA 3: GETXO – PORTUGALETE – BARAKALDO – BILBAO

Miércoles 12 de octubre, Fiesta Nacional. El día amanecía lluvioso, pero no importaba. A diferencia del martes, no habíamos tenido que madrugar tanto y además este día no había que llevar chándal; esto ya de por sí alegra un tanto la mañana.

Nuestra primera parada fue el Puente Colgante de Vizcaya, puente que nos recuerda el pasado industrial que tuvo esta zona. Construido hacia 1893, conservaba todo su esplendor aunque debió ser reconstruido después de la Guerra Civil. A 61 metros de altura nos movimos, unos mejor que otros, como peces en el agua.

Este tipo de trabajos abre el apetito por lo que seguidamente hicimos una para técnica para apaciguar nuestros estómagos, que estaban sufriendo un trauma por aquellos días: la noche anterior nos “agasajaron” con unas patatas con CHORIZO (sí, leéis bien) y costilla que había por dónde meterles mano.

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Desde el autobús nos fuimos haciendo una idea de lo que había sido esta zona con los Altos Hornos. En el itinerario se destacaba un paseo por barca. Llegué a imaginar alguna escena del Titanic, pero no, era una barquita, chiquitita, pequeña, como remarcaría Marina Ortiz sobre nuestra tierra esa misma noche. Pero hizo su papel y de momento el tiempo nos respetaba. Este tipo de embarcación se llama “gasolino”.

De ahí nos fuimos al Edificio Ilgner, que hoy alberga el Centro de Desarrollo Empresarial, pero que nos transporta a otra época con el material industrial que ahí se conserva.

Con caras de agotamiento, como se puede apreciar más arriba, nos dirigimos hacia el autobús que nos llevaría de nuevo al albergue para comer ¿qué? Ya me acuerdo, con pesar además: una ensaladilla rusa y unos filetes rusos (todo muy soviético) que no entraban ni con los ojos cerrados. Pero peor era la compañera celíaca que ya le habían puesto lentejas para cenar la noche anterior y se las volvieron a poner a mediodía, por si no había tenido suficiente.

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Menos mal que ni con hambre hemos perdido el sentido del humor, es más, creo que se agudizaba. Cuestión de supervivencia.

Así, llegábamos al gran evento del día: el Museo Guggenheim. Elena, nuestra monitora, nos adentró por ese mundo artístico con una explicación que nos hizo entender muchísimo mejor lo que allí se mostraba. Aunque os podéis imaginar que en el interior no pudimos hacer fotos, con lo que nos gustan.

En el exterior nos esperaba Vicky, y allí pudimos aprender al tiempo que nos hicimos fotos en cada centímetro cuadrado del recinto.

En el rato libre que nos dejaron para disfrutar del casco histórico de Bilbao, creo que todos decidimos apostar por comer “pintxos” para enriquecernos culinariamente, ya que de espíritu íbamos bien servidos.

Era nuestra última noche en tierras vascas y aun debíamos reírnos al ver la cena: una tortilla de patatas que nos emocionó al verla y nos angustió al probarla. Pero ya habíamos repuesto.

Unos premios que se concedieron después de la cena y nuestra presentación, sí, cuarta noche y aun no habíamos hablado de nuestra tierra almeriense, dieron por concluido el día.

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